El mito de “aguantar el dolor para fortalecer” cuando forzar no te hace más fuerte
Aguantar el dolor no te hace más fuerte. Te hace más vulnerable a lesionarte.
“Si no duele, no cuenta.” “Hay que sufrir para mejorar.” “El dolor es parte del progreso.”
Seguro que has escuchado alguna de estas frases en el gimnasio, en un entrenamiento o incluso en redes sociales. Durante años se ha normalizado la idea de que aguantar el dolor es necesario para fortalecerse, especialmente en el ámbito deportivo. Pero ¿qué hay de cierto en esto?
La realidad es que no todo dolor es señal de progreso. De hecho, en muchos casos, aguantar el dolor puede ser el inicio de una lesión que te aleje justo de lo que buscas, mejorar tu rendimiento y mantenerte activo.
Hoy desmontamos este mito y te explicamos cuándo el dolor puede ser normal y cuándo es una señal de alarma que no deberías ignorar.
Dolor no es igual a esfuerzo
Lo primero que hay que entender es que esfuerzo y dolor no son lo mismo.
Cuando entrenas, es normal sentir:
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Fatiga muscular.
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Sensación de quemazón leve al final de una serie.
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Agujetas en los días posteriores.
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Cansancio general.
Eso forma parte de la adaptación del cuerpo al ejercicio. El músculo trabaja, se fatiga y luego se recupera. Es un proceso fisiológico normal.
El problema aparece cuando hablamos de:
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Dolor punzante o localizado.
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Dolor que va en aumento mientras entrenas.
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Sensación de tirón o pinchazo.
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Dolor que modifica tu forma de moverte.
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Molestias que persisten días o semanas.
Ese tipo de dolor no es señal de fortalecimiento. Es una advertencia.
¿Por qué se ha extendido este mito?
En el deporte competitivo, la tolerancia al esfuerzo es clave. Superar límites forma parte del entrenamiento. Pero el mensaje se ha simplificado demasiado y se ha convertido en una idea peligrosa “si duele, sigue”.
Además, muchas personas entrenan sin supervisión profesional. Siguen rutinas online, retos exigentes o planes genéricos que no tienen en cuenta su condición física, historial de lesiones o nivel real de fuerza.
El resultado es claro: sobrecarga, microlesiones repetidas y, finalmente, lesión.
¿Qué ocurre cuando ignoras el dolor?
El cuerpo tiene una capacidad enorme de adaptación, pero también tiene límites. Cuando aparece dolor y decides ignorarlo, pueden pasar varias cosas:
1. Compensaciones
Si una estructura duele, inconscientemente modificas tu forma de moverte para evitar esa molestia. Esa compensación puede sobrecargar otras zonas.
Un ejemplo muy común:
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Empieza con una molestia leve en la rodilla.
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Cambias ligeramente tu apoyo al correr.
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Terminas con dolor en la cadera o en la zona lumbar.
El problema inicial se amplifica y se desplaza.
2. Inflamación persistente
Forzar una zona ya irritada puede mantener activo el proceso inflamatorio. El tejido no tiene tiempo suficiente para repararse, y la lesión se cronifica.
3. Lesiones más graves
Lo que empezó como una sobrecarga muscular puede convertirse en:
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Tendinopatía.
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Rotura fibrilar.
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Lesión ligamentosa.
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Dolor lumbar persistente.
En muchos casos, el paciente recuerda perfectamente el momento en el que “notó algo”, pero decidió seguir entrenando.
No todo dolor es malo… pero hay que saber interpretarlo
Es importante no caer en el extremo contrario, tener miedo al movimiento. El dolor no siempre significa daño estructural grave.
En ocasiones, especialmente tras una lesión previa, el sistema nervioso puede estar más sensible. Eso no significa que estés rompiendo algo cada vez que sientes una molestia leve.
La clave está en diferenciar:
Dolor tolerable y controlado, que no altera tu técnica ni aumenta progresivamente.
De un dolor creciente, limitante o persistente, que indica que algo no está funcionando bien.
Aquí es donde la valoración profesional marca la diferencia.
El caso típico del deportista constante
Uno de los perfiles más habituales en consulta es el de la persona disciplinada, comprometida y constante. Entrena 4 o 5 días por semana, sigue su rutina con rigor y tiene claro su objetivo.
Empieza con una pequeña molestia:
“Es normal, será sobrecarga.” “Ya se pasará.” “Si paro pierdo lo ganado.”
Y sigue entrenando.
Semanas después, esa molestia se ha convertido en un dolor que ya no le permite rendir igual. Ahora sí acude a consulta, pero la lesión ya está instaurada.
Lo paradójico es que parar unos días al principio o ajustar la carga habría evitado meses de recuperación después.
Fortalecer no es forzar
El fortalecimiento real se basa en tres pilares:
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Progresión adecuada de la carga.
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Recuperación suficiente.
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Técnica correcta.
Sin recuperación, no hay adaptación. Sin técnica, no hay eficiencia. Sin progresión controlada, no hay mejora segura.
El músculo se fortalece cuando se le estimula y luego se le permite recuperarse. No cuando se le castiga sin descanso.
El papel del ejercicio terapéutico
La fisioterapia actual no se basa en reposo absoluto ni en “no hagas nada”. Todo lo contrario. El movimiento es una herramienta fundamental, pero debe ser controlado y adaptado.
El ejercicio terapéutico permite:
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Corregir desequilibrios musculares.
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Mejorar la estabilidad articular.
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Optimizar patrones de movimiento.
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Prevenir recaídas.
En lugar de aguantar el dolor, se trabaja para entender por qué aparece y cómo modificar la carga para seguir avanzando sin riesgo.
Escuchar el cuerpo no es debilidad
Existe una creencia peligrosa de que parar es sinónimo de rendirse. Pero en realidad, saber frenar a tiempo es inteligencia deportiva.
Escuchar el cuerpo significa:
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Ajustar la intensidad cuando es necesario.
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Respetar el descanso.
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Consultar ante molestias persistentes.
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Trabajar la prevención.
Los deportistas que más años se mantienen activos no son los que más se fuerzan, sino los que mejor gestionan su recuperación.
Señales que no deberías ignorar
Si entrenas habitualmente, presta atención a estas señales:
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Dolor que dura más de 72 horas.
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Molestias que aumentan en cada sesión.
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Rigidez excesiva al levantarte.
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Sensación de inestabilidad.
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Dolor que cambia tu técnica.
En estos casos, lo más recomendable es una valoración. Muchas veces no hace falta parar completamente, sino ajustar el plan.
El dolor no es un trofeo
El verdadero progreso no está en sufrir más, sino en entrenar mejor. El cuerpo necesita estímulo, sí, pero también necesita descanso, control y equilibrio.
Si estás entrenando con molestias recurrentes o dudas sobre si ese dolor es “normal”, una valoración puede ayudarte a seguir avanzando sin poner en riesgo tu salud.
Porque fortalecerse no es aguantar más dolor. Es aprender a entrenar con inteligencia.